Por Fernando Martinoli
En la primer parte del libro El lenguaje de los nuevos medios de comunicación, Lev Manovich desarrolla una pequeña historización del surgimiento de lo que llama los nuevos medios, aquellos medios que se valen del uso de datos numéricos en formato digital principalmente para la producción, pero también para la distribución, exhibición, comunicación, almacenamiento y comercialización de contenidos mediáticos (tanto físicos como digitales); en suma, cualquier medio comunicacional cuya forma de producción esté mediado por datos digitales en una computadora. Estos nuevos medios surgen de “la convergencia de dos recorridos históricamente separados, como son las tecnologías informática y mediática” (1).
A partir de este desarrollo histórico, Manovich describe una serie de principios propios de estos nuevos medios que los diferencian de los antiguos medios (la fotografía, el cine, la imprenta offset, la radio y la televisión son algunos ejemplos de ellos). Si los últimos ya cumplían la función de “difundir los mismos textos, imágenes y sonidos a millones de personas”, la diferencia fundamental que presentan los nuevos medios es la capacidad de producir, reproducir y transformar la información a partir de datos digitales computarizados, y la capacidad de traducir la información previamente existente en datos numéricos; diferencia fundamental cuyas implicancias abrieron un enorme abanico de posibilidades nunca antes vistas.
Estas posibilidades también supusieron muchos cambios para la industria de la producción editorial. En el presente artículo vamos a presentar cada uno de los principios de los nuevos medios mencionados en el texto del autor, así como también indicaremos que relación mantiene cada uno de ellos con la producción editorial en su conjunto como industria, y en sus peculiaridades y posibilidades.
En primer lugar, encontramos el principio de la representación numérica. Cuando decimos que los nuevos medios funcionan a partir de datos digitales en una computadora, nos referimos puntualmente a que esos datos se componen de código digital. Este código consiste en representaciones numéricas. Cuando los objetos de los nuevos medios se crean en una computadora (desde cero, o por una conversión a partir de fuentes analógicas), se originan en forma numérica. Una foto, una imagen, un texto, un video, un audio; todos son objetos compuestos por conjuntos de datos cuyo código consiste en una serie de números. Según Manovich, esto tiene dos consecuencias fundamentales: al estar compuesto de números, cualquier objeto digital (una imagen, un texto, etc.) es susceptible de ser descrito por medio de funciones matemáticas; y por lo tanto, estos objetos son manipulables algorítmicamente. Si una imagen puede ser descrita por funciones matemáticas, aplicando los algoritmos adecuados podemos modificar la imagen en forma automática a nuestro antojo, mejorarla, alterarla, transformarla. En síntesis, dice Manovich, los medios se vuelven programables.
Esto tiene un efecto enorme en la producción editorial ya que, al tratarse los textos, las imágenes y los diseños de un proceso de edición de objetos compuestos por código digital, esto brinda la posibilidad de editar digitalmente estos contenidos con muchísima precisión, permitiendo a los editores experimentar más libremente con conceptos e ideas para sus proyectos, corregirlos y perfeccionarlos para posteriormente publicarlos en formato impreso, pero también en formato digital. El hecho de que se pueda consumir contenido multimedia a través de los medios digitales abrió un mundo entero para la industria editorial, siendo las publicaciones digitales muy populares hoy en día (revistas digitales, e-books, publicaciones académicas en sitios web, foros y blogs, contenido multimedia en redes sociales: todos objetos de los nuevos medios que conllevan un trabajo edición, y de producción editorial en muchos casos, por detrás). También brinda la posibilidad de almacenar y mover los datos de estos contenidos con muchísima practicidad y rapidez, a través de plataformas en internet o incluso de dispositivos como el pendrive y las tarjetas SD, facilitando el trabajo de proyectos editoriales a distancia y que cuentan con varios actores en el proceso.
El segundo es el principio de modularidad. Atendiendo a los elementos mediáticos, estos se tratan de objetos compuestos por muestras discretas que conforman una estructura modular, y funcionan en ella. Por ejemplo, un libro está compuesto de muchos capítulos, los cuales están compuestos de muchos párrafos, los cuales a su vez se componen de palabras, y estas se componen de caracteres. Las muestras discretas de estos componentes más primarios (en este caso, los caracteres) se agrupan en objetos de mayor escala, pero siguen manteniendo sus identidades por separado. Esto habilita a que puedan combinarse varios objetos compuestos todavía más grandes (por ejemplo, una serie de párrafos con varias imágenes), pero sin que cada uno de ellos pierda su independencia. En síntesis, “un objeto de los nuevos medios consta de partes independientes, cada una de las cuales se compone de otras más pequeñas, y así sucesivamente”.
En la producción editorial, el principio de modularidad permite dividir distintos contenidos en unidades independientes, facilitando la composición de un objeto complejo. Un ejemplo sencillo de esto es la composición de un flyer o de una página en plataformas como Canva o Adobe InDesign, que habilitan la inserción de distintos elementos en una mesa de trabajo, para moverlos, copiarlos, modificarlos y acoplarlos, generando un objeto complejo, hasta lograr el resultado deseado.
El trabajo de estos elementos permite la selección y edición individual de cada uno de ellos (sean letras, palabras o líneas correspondientes a un párrafo), así como también la agrupación de elementos textuales y gráficos, facilitando ciertos procesos de la edición, sin que esto deshaga la individualidad e independencia de cada uno de los elementos usados en la composición.
El tercer principio es el de automatización. Siguiendo los dos anteriores principios, la codificación numérica de los medios y la modularidad de sus objetos permiten programar y automatizar numerosas operaciones y funciones correspondientes a su proceso de creación y edición. Este principio que describe Manovich es el que permite, por ejemplo, que un sitio web se genere automáticamente cuando nosotros accedemos a un enlace: se trata de un proceso programado y automatizado, en el que no hay intervención humana para su generación, interacción y acceso.
Las implicancias de este principio en la producción editorial son incalculables. Prácticamente todos los programas y softwares que procesan texto e imagen cuentan con funciones automatizadas, y si nos vamos a aquellos programas diseñados y utilizados para la edición de publicaciones, encontramos numerosas facilidades que reducen la necesidad de intervención humana en procesos repetitivos en la producción de textos, disminuyendo los tiempos y los costes del proceso, y brindando mayor eficiencia en sus resultados. Desde la posibilidad de cambiar el formato del texto (el cuerpo, el interlineado y la familia tipográfica entre otras cosas) con solo unos clics, pasando por funciones específicas y automáticas para la detección y corrección de errores ortográficos y tipográficos, la programación de estilos de párrafo aplicables a las distintas partes de una publicación, sin tener que realizar manualmente la modificación de cada inicio de capitulo, de cada nota a pie de página, etc., hasta la generación automática de índices y tantas otras ventajas en la maquetación (modificación de márgenes insertando el valor buscado, numero y ancho de columnas, así como también el ancho de calle, etc.).
El cuarto principio es el de variabilidad. A diferencia de los objetos mediáticos de los viejos medios que son fijos e inmutables (un periódico, un disco de vinilo), y que requerían de un operario que ensamblara manualmente los distintos elementos en una secuencia determinada, los nuevos medios permiten la composición de objetos que pueden existir en varias versiones muy distintas, incluso a partir de los mismos elementos compositivos, montados desde software por computadoras, celulares, etc. Si bien un objeto de los viejos medios podía ser reproducido, se trataban de copias idénticas al original, mientras que los nuevos medios, así como pueden realizar copias idénticas de un objeto pueden realizar variaciones casi infinitas del mismo.
En relación con la producción editorial, la variabilidad es crucial para una mayor eficiencia en ciertas etapas del proceso de edición, y para la creación de productos personalizados y flexibles, que tengan en cuenta distintos tipos de audiencias.
Los trabajos de maquetación realizando borradores y pruebas, modificando los elementos de la composición (mancha, márgenes, foliados, tamaño y ubicación de imágenes, cantidad de columnas, etc.), son mucho más sencillos y prácticos pudiendo realizar múltiples versiones de un proyecto en curso, para cotejar unas con otras hasta dar con la ideal para continuar con el proceso. También pueden producirse textos variables en función de las comodidades del consumidor, que se adapten a los soportes en donde estos serán leídos (un ejemplo de esto son los textos en formato e-pub, que se amoldan a las dimensiones de la pantalla donde se ejecutan). Además, habilita la actualización periódica de publicaciones online, en sitios web, foros, blogs o aplicaciones como Wattpad, en donde los usuarios pueden comentar e interactuar con el contenido, e ir encontrando las modificaciones y ampliaciones de los textos allí existentes a medida que sus creadores vayan corrigiendo y agregando contenido.
El quinto y último principio de los nuevos medios desarrollado por Manovich es el de transcodificación (cultural). Aunque ahora los medios y sus objetos se hayan convertido en datos digitales computarizados, siguen tratándose de objetos cuya organización estructural tiene un sentido para nosotros en tanto productores, consumidores y usuarios humanos. Sin embargo, su estructura obedece ahora a las convenciones establecidas de la organización de datos por computadora. Señalando la posibilidad de pensar a los nuevos medios “como si constaran de dos capas diferenciadas: la «capa cultural» y la
«capa informática»”, Manovich plantea que, siendo a través de la computadora y la lógica informática que se crean, distribuyen, guardan, archivan y operan los nuevos medios, esta lógica informática influya en forma importante en la lógica cultural de los medios, sus contenidos y la forma en la que nos relacionamos con ellos.
Relacionar este principio con la industria de la producción editorial puede hacernos pensar acerca del como funciona la producción de contenidos mediáticos en nuestro tiempo. Por ejemplo, existe un entendimiento de las producciones de ficción como traducibles o variables, es decir, pensamos la historia de un libro como si fuera traducible a una serie o a una película (es usual encontrar en redes y foros discusiones acerca de si tal libro seria satisfactoriamente adaptable al formato televisivo o cinematográfico, o que tal historia contada en un libro o en una película funcionaria mejor como un videojuego).
De alguna manera, entendemos a las producciones culturales de ciertos formatos de origen como si fueran datos susceptibles de ser traducidos, adaptados, variables a otros formatos mediáticos. Y este entendimiento de las producciones culturales no es unilateral: se trata de algo que está presente tanto desde el punto de vista de editores, artistas, escritores, productores, directores y programadores como desde el punto de vista de espectadores, videojugadores, lectores, consumidores y usuarios. A su vez, la forma en la que se conoce, se busca y se consume un producto cultural, como puede ser un libro o un proyecto editorial multimedia, también está condicionado por esa manera particular de concebir como información a estas producciones.
Las formas en las cuales damos con una película, un libro, un artista musical, etc., están condicionadas por la lógica informativa que menciona Manovich (podemos pensar en redes sociales que cuentan con millones de usuarios, y en los algoritmos que ellas operan, recomendando contenido a partir de los datos que recolectan en función de nuestra forma de habitar e interactuar en ellas); y nuestra forma de buscar activamente algo que pueda resultar de nuestro interés igualmente se realiza bajo esta lógica, navegando en internet, aplicando filtros, elaborando listas.
En síntesis, esta influencia mutua entre la capa cultural y la capa informativa de la que nos habla el autor, afecta la forma en la que desde la industria editorial se enfocan los producciones culturales, obligando a entender no solo los intereses de los lectores, sino los modos en los que entienden, se relacionan, transmiten y consumen la cultura, para lograr encontrar un público, y generar productos que lleguen y conecten efectivamente con él.
(1) Manovich, El lenguaje de los nuevos medios, Paidós, p. 4